domingo, 22 de marzo de 2009

WILCOCK Y YO, A LAS 4 DE LA MAÑANA, EN UN SUPERMERCADO

Wilcock… me sonaba ese nombre, tal vez de las memorias de Bioy Casares, llenas de esos apellidos argentinos-extranjeros glamorosos y porteños; cuando fui a la solapa supe que había recordado bien, Juan Rodolfo Wilcock fue el tercer hombre entre Borges y Bioy, otro más de la cofradía de Victoria Ocampo. Y aunque los famos B&B nunca fueron muy elogiosos respecto de la literatura de Wilcock decidí llevarme ese librito que ofrecían a $6,5 en un mesón de ofertas de un supermercado. Total, me dije, por seis mangos con cincuenta, qué querés encontrar!. Pero lo que me llevé valía muchísimo más que esa plata, se diría que me estaba llevando un tesoro por el precio de una coca cola de litro. “El libro de los monstruos” era ganga, empecé a leer y me dio esa cosquillita entre la panza y el esófago que me indica que algo grande está por pasar. Me lo leí de un tirón. Estupendo, me recordaba a Felisberto Hernández, inmortal; o a Macedonio Fernández. Tenían las palabras de Wilcock ese delirio equilibrista que a mi tanto me gusta.

A la noche siguiente, porque ese supermercado explota a sus empleados 24 horas corridas, a eso de las 4 de la mañana caí por el Wall Mart, la puerta se abrió automáticamente frente a mi trompa, miré a un lado y al otro y me fui corriendo al mesón de libros, literalmente corriendo, no fuese que algún otro buscador de tesoros se me hubiese adelantado o que los empleados del súper decidieran llevar libros de Wilcock a sus familiares, afortunadamente la indiferencia popular por los libros y en especial por Wilcock jugó a mi favor: otros libros del tal Juan Rodolfo me estaban esperando “El estereoscopio de los solitarios”, “Los dos indios alegres” y otro ejemplar del Il libro dei mostri que regalé oportunamente a Oscar Reina. Ya tenía tres volúmenes del olvidado, del extraño escritor argentino que un día se cansó de ser argentino y se fue a Italia a escribir en italiano, y allí se hizo amigote de Alberto Moravia y de Pier Paolo Pasolini, incluso es el mismo Wilcock el que hace de Caifás en La Pasión según San Mateo de Pasolini. En esa película hace de Felipe el filósofo italiano Giorgio Agambem, qué tal!.

Obviamente, con mi Wilcock de oreja a oreja, anduve unas semanas dándole vueltas asunto, hasta que decidí llevar mi descubrimiento a la radio. Ah, dicho sea de paso, la noche de Wilcock en Calle 52 recibí en calidad de préstamo otro libro de Juan Rodolfo “El Caos”, prestado por la siempre angélica Adriana UW. Y si alguien en otro sitio del mundo tiene algún volumen más de JRW que me quiera prestar, saltaré en una pata y después en la otra de tan contento.

Wilcock tiene esa cosa rara, que me pasaba con Cortázar o con Marechal o tal vez con Roberto Arlt, son tipos que te contagian las ganas de escribir, que te ponen en vena creativa, o te hacen vivir esa fantasía de querer ser escritor, quién sabe qué será.

Wilcock llegó a la Calle 52 con sus relatos y yo les puse voz, espero que les guste, aquí pueden bajar los cuatro links para escuchar:


BLOQUE 1 http://www.mediafire.com/?r0tr3qmgzdw

BLOQUE 2
http://www.mediafire.com/?ff1c2mnnmt2

BLOQUE 3
http://www.mediafire.com/?gst1nxtndzy

BLOQUE 4
http://www.mediafire.com/?5iymzdiozdi

Una muestra de su literatura:


Los amantes (Juan Rodolfo Wilcock, El estereoscopio de los solitarios)

Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.

La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.


Chau amigos, espero que les guste, un abrazo grande para todos.
Dejen comentarios que no muerden ni pican, o manden mails a
miguelgarciaurbani@gmail.com